Supremacía élfica.

(Año 1003 según el calendario solar Humano)

Tras el desmembramiento de las extensas Tierras de Layzur, surgieron mil guerras entre las fuerzas de la Alianza Blanca y de la Alianza Negra. Fueron tiempos de muerte, de hambre, los campesinos eran llamados a la guerra, los artesanos a fabricar equipamientos para los soldados, los juglares a escribir cánticos de gloria… Layzur estaba sumido en un caos perpetuo sin embargo las disputas generales dieron paso a un cataclismo de incalculables consecuencias. Los elfos, usando sus poderes mágicos lograron durante años cerrar las fronteras que los separaban del resto de razas. Durante estos años llevaron una vida normal y prosperaron considerablemente, pero el poder y la ambición llamaron a su puerta y se corrompieron. Tras la seguridad de sus muros invisibles, varias familias de elfos comenzaron a prepararse para la guerra. Varias se unieron, otras se enfrentaron contra el movimiento guerrero pero fueron diezmadas y sus nombres se perdieron en la eternidad. Forjada una unión del vasto territorio élfico a manos del grupo de familias bélicas se hicieron los preparativos para la guerra. Todo elfo fue entrenado en el manejo del arco, los herreros fabricaron las mejores armas que hasta entonces Layzur había visto, los magos forjaron grandes protecciones en las ciudades y prepararon una ofensiva brutal y en la capital del imperio, Lorien, se forjaron tres grandes asientos de piedra que ocuparon los magnatarios de aquel vasto imperio: Sylar, el poderoso; Krull, el impune y Muwataly, el valeroso. El ataque fue rápido, mordaz… Layzur ya pertenecía a los elfos cuando amaneció el día que sus ejércitos partieron. Layzur ya era el imperio élfico… ¿por siempre? Quien sabe….

* * *
Apoyado sobre un bastón corto de madera andaba entre los árboles cercanos a la pequeña granja. Con más canas que años y menos dientes que dedos, de los cuales le faltaba el meñique izquierdo, tropezaba entre las ramas y lentamente avanzaba hacia el cobertizo construido de madera y techo de paja tostada al sol. Tras la larga caminata llegó y pauso de momento su marcha para poder recuperar la respiración.
Era un día tranquilo. El sol brillaba con fuerza y su calor se suspendía en el aire al derretir los últimos vestigios del rocío. La hierba fresca emanaba un fuerte olor que se mezclaba con el habitual de la tierra mojada. Incluso algunos pajarillos multicolores volaban de rama en rama buscando hojas secas para hacer sus nuevos nidos. El invierno se estaba marchando y la primavera ya estaba dejando sus primeras pinceladas de color.
El anciano reanudó su camino y paso de largo el cobertizo sin apenas fijarse en sus puertas abiertas de par en par. Dentro unos hombres trabajaban amontonando el grano que separaban de las espigas. Poco a poco con su andar pesaroso cruzó la esquina del cobertizo y se dirigió hacia la casa que asomaba tras varios frutales. Con su techo de barro y paja se alzaba la casa de un único piso. Junto a la puerta a modo de porche había un banco justamente debajo de la ventana posterior. El viejo sentó su delicado cuerpo en el banco y silbó una melodía antigua.
La puerta se abrió de súbito y de ella salieron cinco niñitos pequeños que corretearon hasta ponerse alrededor del banco. Intentado calmar su corazón el angustiado anciano cambiaba su cara del susto al cariño. Miró a esas pequeñas criaturas con la ternura de un abuelo orgulloso y les habló con palabras dulces.
- Buenos días pequeños. Veo que os acordasteis de mi promesa.- rió suavemente y los niños sonrieron, incluso el mayor de ellos se permitió una carcajada- Bueno, bueno… lo prometido es deuda así que os contare la historia de cómo perdí este dedo.- Alzó la mano en un puño dejando ver a la perfección el muñón que componía su dedo meñique- Debéis saber que no es una historia hermosa pero si que termina en un bello fin. Érase una vez…

* * *
Una amplía sala circular era la sala de la Asamblea de los rebeldes. En el suelo junto a las ocho puertas que hacían de entrada a la sala se encontraban cientos de sillones encaramados hacia el centro de la sala. En éste una gran mesa de forma octogonal era rodeada por ocho sillas y alzándose por encima de éstas en forma de espiral decenas de balcones asomaban por las paredes cónicas. La sala estaba en esos momentos llena. Diferentes razas se encontraban juntas a tan solo unos metros las una de las otras. En las sillas centrales se sentaban tres elfos oscuros, un elfo, dos enanos, un humano y un representante orco. Todos los presentes iban vestidos de guerra y muchos de ellos exponían algunas heridas del combate. Un drow del grupo central vestido en armadura completa y con las armas expuestas se alzó colérico golpeando la mesa.
- Es inconcebible esta situación. Esos malditos Reyes élficos llevan meses atormentándonos. Nuestras ciudades han sido incendiadas repetidas veces, nuestra población diezmada, los campos quemados, las minas derrumbadas y nuestros ejércitos ocultos esperando el momento de atacar. Todos los presentes presentamos batalla y todos caímos frente a ellos. Esta situación se nos está yendo de las manos y encima se autoproclaman señores de este pequeño mundo pidiendo diezmos para otorgar su piedad. Nos unimos para luchar pero aun no hemos conseguido nada… es el momento de atacar juntos, todos.
- Si, es cierto Maleki, pero son muchos factores a considerar.- Tomó la palabra el drow sentado a su derecha. Se levanto y su túnica negra siseó con soltura.- El enemigo nos supera numéricamente, tantas son las riquezas que nos han despojados que muchos mas se han unido a ellos. Su poder y su fuerza han hecho que por temor a enfrentarse con ellos hayan engrosado aun más sus filas élficas. Comprendo vuestra inquietud pero debemos estudiar mucho más al enemigo. Su técnica en el combate es más efectiva que la nuestra y sus armas son mil veces superiores a las nuestras. Por la fuerza no vamos a poder derrocarles. Necesitamos de nuestro intelecto señores. - Raitner, eso que dices es cierto.- El elfo ataviado con su capa blanca despejo sus rostro de sus cabellos e impregnó a todos con su mirada- Me introduje entre las filas de mis hermanos. Las murallas de sus ciudades son fuertes y los arqueros que moran en ellas diezmarían a cualquier ejercito que osemos mandar. Incluso si lográramos entrar en algunas de sus ciudades sus ejércitos no tardarían en superar a nuestras fuerzas.
- Entonces – el tercer drow se levantó y dirigió una mirada a los balcones que se elevaban sobre su cabeza- No queda otra estrategia que usar su propio poder en su contra. Nuestras fuerzas juntas no pueden contra su enorme ejército pero si sus ejércitos se dividen en un descontrol total… lograríamos vencer. Todo es cuestión de movernos con velocidad. Formaremos varios ejércitos, uno por cada ciudad, puesto o avanzadilla que posean. Cada ejército atacará al objetivo correspondiente, todos a la misma hora, al mismo tiempo. Con esto lograremos que el enemigo se vuelva loco al encontrarse frente a tantos lugares que defender. No sabrán donde mandar sus ejércitos y sus tropas se dividirán pudiendo ser destruidas poco a poco atacando desde diferentes frentes. Es la única opción que tenemos en estos momentos a pesar de su ambigüedad.
En la sala cientos de cabezas asintieron y un murmullo se alzó desde todos los rincones a favor de la propuesta de Samael. Los ocho principales representantes iniciaron la estratagema. Durante horas los papeles volaron, las plumas se doblaron y los mensajeros corrían frenéticos. Todo debía ser calculado al milímetro, si algo salía mal las consecuencias serían desastrosas…

* * *
Dos semanas después en la misma sala la Asamblea volvió a unirse. El estrés emanaba de la sala como el calor de una hoguera. El aire estaba viciado pero a nadie parecía molestarle todos miraban a una puerta u otra esperando. A los pocos minutos una se abrió de sopetón y el sobresalto hizo levantar a más de uno. Un mensajero entraba cojeando por la puerta. Vestido con armadura y armado, avanzaba aguantando con una mano su hombro dislocado mientras la otra sujetaba su muslo el cual había sido alcanzado por una flecha. Tras de si dejo un pequeño hilillo de sangre que derramaba la herida de su pierna herida. Rápidamente Raitner se levanto y con un sencillo conjuro sano la herida del mensajero y su hombro dislocado.
- ¡Rápido! ¿Qué nuevas traéis?- el nerviosismo se vio reflejado en los ojos del drow que no quitaba su mirada de la de su vasallo- Decirnos.
- Mi señor… sus ejércitos han caído… fue muy rápido. Las tropas llegaron a la ciudad pero ni si quiera pudieron empezar el asalto. Mientras corrían frenéticos por atacar la ciudad se abrieron las puertas. Fila tras fila los arqueros elfos salieron. Fue horrible… por lo menos fueron 5000. Se posicionaron rápidamente, ninguno de nuestros soldados sobrevivió a la primera descarga... – la angustio se elevó y un creciente murmullo se adueño hasta que el mensajero continuo- Corrí a avisar de esto al segundo ejercito que pocas horas después atacaría una región cercana. Mi caballo murió por el esfuerzo que realizó y cuando llegue al frente. El gran ejército que ondeaba nuestro estandarte había caído por las innumerables flechas. No me demoré y vine hacia aquí lo más rápido posible. Por el camino me tope de lejos con una patrulla de elfos que me hirieron pero logre escapar e incluso matar a uno de ellos. Señor… todos los hombres cayeron… todos.
La jornada no cambió de panorama. Los mensajeros entraban en un incesante vapuleo de malas noticias. Todos los ejércitos habían caído incluso la horda orca cuyo general era el miembro de la asamblea Kratos. Solo una ciudad fue tomada por un ejército del impaciente Maleki que ahora se demoraba por haber sido tan imprudente al animar a la guerra. Todos sabían lo que deparaba esa conquista. Pronto los elfos se reunirían y la retomarían aunque para ello los ejércitos rebeldes habrían desaparecido, todos sabían que la venganza iba a ser encarnizada y cruenta. Uno de los enanos, un misterioso rey de las minas profundas alzó la voz para hacerse escuchar. -Me llamo… Lolo. Muchos ni me conoceríais de antes. Hemos sido derrotados pero la conquista de aquí nuestro compañero nos demuestra que sus murallas no son inexpugnables. Llevo pensando en el modo de acabar con ellos definitivamente bastante tiempo pero necesitaba la prueba que nos acaban de dar. Señores ninguno de ustedes conoce mis dominios… por algo será ¿no creen? Mis tierras se encuentras muy por debajo de las minas de vuestros reinos. Yo jamás recibí un ataque de los elfos ni de ningún otro rey. Mis murallas no son de bloques sino de piedra maciza. Conozco que tomaran represalias y que mis tierras en la superficie sufrirán el desamparo pero la roca es dominio solo de enanos. Venid a mis dominios, mandar allí vuestros ejércitos y vuestros víveres. Que vuestras mujeres e hijos vivan bajo la tierra allí donde las flechas nunca llegan. Solo un mes… solo pido que la situación se mantenga así un mes. Que todo grano y almacén sea vaciado y traedlos a mi ciudad. Un mes y saldremos… un mes y ganáramos esta guerra. Un mes para nuestra libertad.
* * *

Allí se encontraba él, El Tato, general y rey humano. Frente a sus hombres, bajo el diluvio mandado por los dioses. La noche se cernía sobre ellos sin luna. Esperaban una orden para atacar. Llevaban semanas mandando pequeños grupos de guerrilleros a las diferentes localidades elfas con el propósito de menguar las defensas de la capital. Si deseaban defender todas sus tierras su ejército se tendría que dividir tarde o temprano. Un emisario a caballo se le acerco y le dio una nota. La leyó entre líneas pues sabía de sobra que decía. Se colocó el yelmo sobre la cabeza, anudo las cuerdas de su escudo al brazo, quito el seguro que impedía que la espada se saliera de su vaina y con lanza en ristre dio la orden. Un hombre a su lado levanto un estandarte en el cual se dibujaba, bajo un fondo oscuro, con hilo rojo un gran círculo y la inicial de cada una de las razas que luchaban en aquella guerra. Uno a uno los estandartes se elevaron.
Avanzaron lentamente en formación con los escudos bien agarrados y las lanzas a puntos. Se sentían más seguros al saber que hoy dispondrían de fuego de artillería secundada por un regimiento extenso de arqueros. Incluso tenían preparados algunos caballos por si eran necesarios.
En sus ojos surgió la gran ciudad… la ciudad de los elfos. No comprendían como tanta belleza podía portar tantas penas. Frenaron su avance en el que calcularon era la línea de fuego límite. Esperaron a la última orden.
Una niebla densa se elevó desde el suelo formando remolinos grisáceos alrededor de las murallas. Un murmullo metálico sonó en la gran ciudad. Era el momento. Alzó la mano señalando el cielo y luego la bajó. Un estrépito enorme hizo temblar el suelo. Los cañones que alcanzaban un número considerable dispararon su mortífero fuego. Las tropas avanzaron rápidas con un cantar de libertad gritado desde el interior de sus corazones. Se escucharon las terribles explosiones de los proyectiles lanzados contra las murallas. Alrededor de la ciudad aparecieron vagas siluetas de algunas armas de artillería. Los enanos ya estaban haciendo su papel.
Se internaron en la niebla y caminaron en línea recta avanzando con los escudos levantados y ligeramente agachados para cubrirse por entero. Las flechas silbaron sin rumbo fijo. La niebla era demasiado espesa incluso para la aguda visión de los elfos. Algunos soldados cayeron muertos a causa de los disparos pero la formación nunca se rompió. No podía romperse.
La batalla a distancia continúo. Los artilleros recargaban una y otra vez sus pesadas armas y las disparaban sin demora. Los arqueros que al igual que sus enemigos no podían ver a través de la niebla se situaron a una distancia que consideraron correcta. Unos soldados cargados con ollas de brea crearon pequeños riachuelos frente a los arqueros con espacio cortados. Cuando lo terminaron prendieron fuego a la brea. La niebla se fue poco a poco apagando alrededor de los arqueros que impregnaron sus flechas con aceites y brea e incluso pequeñas bolsitas de pólvora. Al disparar crearon una cortina de fuego que surcaba el aire como un manto rojo en dirección a la ciudad.
La primera descarga ya se había realizado, serían dos más y los arqueros se unirían al combate cuerpo a cuerpo. Las tropas de a pie se movían con cierta lentitud pero antes de la segunda descarga llegaron a las murallas y a la puerta principal. Con una sola orden un grupo de soldados portando un tronco golpearon una y otra vez la puerta mientras a su alrededor comenzaba el asalto. Escalas ascendían sobre las murallas. Aunque parecía que era clara la desventaja de los asaltantes dada a lo poca efectividad de estos utensilios pronto los primeros soldados llegaron a las almenas y a partir de ahí se fue tomando la muralla piedra a piedra. El portón no cedía bajo el incesante martilleo del ariete manual. Impacientado se cubría frente a posibles proyectiles.
De pronto las puertas chasquearon por dentro. El ruido les pareció extraño pues parecía que habían abierto la puerta. Tras las puertas se formo una trifulca entre varios aceros y al final cesó. Se volvió a formar pequeños ruidos tras la puerta pero estos parecían los contrarios a los de antes. Lo comprendió súbitamente y ordeno seguir golpeando la puerta incluso el mismo salto con el hombro contra la puerta. La puerta se abrió levemente pero lo suficiente para ver que dentro intentaban poner el resto de seguros de la puerta ya que habían sido quitados. El tronco bailo varias veces para chocar en un ultimo golpe contra la puerta que se abrió de par en par. El Tato pudo ver los cuerpos de los elfos rebeldes, recordaría a esos hombres por siempre por su valía y sacrificio y su rey siempre lo recordaría por su antigua ayuda… Sir Cocodrile.
El ariete por la inercia del golpe salio despedido puerta adentro. Aparecieron tras la destruida puerta las protecciones elfas. Mientras el ariete se estrellaba contra las filas elfas para sorpresa de ellos unas docenas de flechas cruzaron la separación entre ambos ejércitos. No cayó ningún hombre, esperaban esa clase de comportamientos y estaban preparados. Las flechas chocaron contra el muro formado con los escudos de los soldados. Era una vieja técnica, se colocaban soldados de pie con el torso ligeramente inclinada hacia abajo y el escudo protegiendo su parte superior y entre cada uno un soldados agazapado con el escudo protegiéndole a el por completo y la parte inferior del hombre de su izquierda.
El repique de las flechas ceso y les llegó su turno. Abrieron huecos entre los escudos y utilizaron un elemento prestado por sus compañeros drows. Los virotes cruzaron como respuesta el aire y fueron a parar a los soldados elfos que poco acostumbrados a esa clase de ataques cayeron sin poder defenderse. La formación rompió filas y se lanzaron al ataque.
Veía que todo marchaba a la perfección. Se había tomado las murallas y la resistencia de la puerta era mínima. Las oleadas por parte de los arqueros habían terminado y la artillería también había cesado su fuego. Sabía que aquello no era todo el poder de los elfos el resto se encontraba mas adentro. Cruzó la puerta junto a sus hombres y profiriendo un grito de guerra lanzó su lanza hacia el enemigo. No le importaba si acertaba a matar o no pero prefería desenfundar su espada y atacar cuerpo a cuerpo.
Los elfos cayeron y las defensas de las murallas habían sido aplastadas. El ejército se reorganizó. Entraron en la ciudad como una masa enfurecida pero observando cuidadosamente cada pasó que daban. Siguieron hacia el centro de la ciudad. Encontraron una resistencia por parte de los ciudadanos pero fueron asesinados rápidamente. A lo lejos podían oír los clamores de las batallas de sus compañeros los enanos. La ciudad ahora era plenamente suya solo faltaba exterminar los restos del ejercito.
Avanzaron hasta llegar a la plaza central de la ciudad. Llegando desde todas las calles aparecieron enanos y humanos preparados para el ataque final. Los elfos se atrincheraban en el centro de la plaza y no dejarían las armas. La batalla fue una encarnizada matanza. Todos pudieron observar como un soldado de entre los enanos se batía en duelo contra decenas de adversarios que caían a sus pies muertos como si se tratase de un macabro trono.
La ciudad había sido conquistada. Sin embargo el general humano tuvo un percance contra varios enemigos y perdió en la batalla el dedo meñique de su mano izquierda. Se había excedido en el nudo de su escudo el cual se le había liado en ese dedo y tal era el dolor que sentía que perdió la concentración en el combate... En un arrebato de furia y miedo corto su propio dedo para dejar el escudo a un lado y poder protegerse de una estocada que lo habría matado.
* * *
Tras la victoria sobre los elfos, los revolucionarios lucharon incansablemente contra el régimen que los elfos habían impuesto con sus arcos y espadas. La asamblea se volvió a unir solo una vez más para quemar a sus muertos juntos. La reunión termino con la incisión de la asamblea. Los miembros declararon que la tregua y unión había terminado y todo siguió el transcurso normal de la vida. Tras la guerra los elfos que sobrevivieron se refugiaron a sus dominios donde no pudieron ser expugnados pero su régimen había sido derrotado por ahora… aunque quizás algún día puedan volver…
* * *

Mientras aquel pobre anciano relataba la historia con un brillo en los ojos, había otro ser que con igual o mayor admiración escuchaba el relato, no se trataba de ningún hombre, era un enano. Era lolo. Un enano más alto de lo habitual para su raza que sin embargo no lo aparentaba debido a que parecía como si estuviese mirando hacía el suelo, la tristeza y la añoranza se perfilaban en su curtido y arrugado rostro, ni el canto de los pájaros, ni el florecer de las más frágiles flores arrancaban de este ya cansado y viejo enano una simple sonrisa. Había viajado tan lejos de su hogar en busca de su más leal y querido compañero, el cual sacrificó tanto o más que él en aquellos oscuros días, quería abrirse camino y echar a andar con el humano para intentar compensarles a los elfos sus acciones, pero vio a El Tato afectado por el paso de algunas décadas, que para el viejo enano no había representado mucho y se dio cuenta de su error. Además vio como disfrutaba con aquella historia y otras muchas que podría contar, como su lugar a esa edad era el de seguir con los suyos, ver crecer a sus nietos y sobre todo morir rodeado y tranquilo en la cama, no en un absurdo combate… Si, a Lolo le parecía absurda la violencia, en aquellos tiempos y en cualquiera otros en layzur siempre hubo guerras y disputas, pero él a pesar de ser un enano, fornido y experto conocedor del arte con la espada y el hacha no se mostraba de acuerdo en usarla si no era estrictamente necesario.

Aquel pobre enano, miraba anhelante como su compañero se quedaría allí, mientras el intentaba enmendar aquella etapa de su vida, aun lo recordaba a veces…
“La lluvia caía sobre los rostros de los barbudos enanos, el olor a azufre y pólvora traspasaba cualquier intento de la lluvia por sofocarlos, la batalla había empezado, la estrategia y táctica que se habían propuesto estaba resultando, los primeros mensajeros llegaron trayendo noticias de que El Tato y su ejército ya estaban atacando las fortalezas élficas cercanas a la capital, y sin embargo aquello no le alivio, no sentía miedo alguno ante la derrota o la muerte, confiaba en que su plan diera resultado, pero en lo más profundo de su ser se preguntaba si aquello sería lo correcto, que culpa tendrían los moradores de las ciudades élficas, ¿realmente cambiaría el curso de algo?, ¿no sería un vano intento que solo traería más sangre, más muerte?, se convenció así mismo que no era así, que lo hacían por una causa mayor y que muchos otros habían perecido a manos de los enemigos que ahora iban a intentar derrotar…”.
Imágenes como aquellas vividas en el momento de la acción se repetían en su cabeza, el resultado de dicha batalla solo sirvió para unir a las razas en un intento de sobrevivir para que luego volviese el caos y la pugna por el poder. De los escombros de Lorien surgieron otros cientos de pequeños opresores, de guerras civiles, disputas y saqueos… Ya nadie se acordaba de aquella promesa que se juraron, del control de las armas y los usos de los soldados, tampoco nadie recordaba aquella cruenta batalla en la que centenares de enanos murieron, lejos de sus casas y de su tierra, no por ellos, sino por muchos más. Nadie recordaba a El Tato, el formidable amigo y general de los hombres, ni al dirigente enano… pero aquello no le importaba a Lolo, pues sabía que aquellas batallas no saldrían reflejadas en ninguna canción de bardos, ni en una representación artística, ni su cuerpo yacería alrededor de las tumbas de otros reyes, ni tendrían un colosal monumento o conmemorativo en palacios, pero él lo recordaba y con no poca frecuencia, y quería creer que al menos la gente si se acordaría del enfrentamiento, se acordaría del motivo y deseaba con todas su fuerzas que aquel propósito de layzur nunca muriese…
Con los ojos vidriosos, salio el viejo enano de la cerca de la casa, dejo de ocultarse y emprendió su camino hacia las tierras élficas, ni siquiera se despidió de su fiel compañero, entendió que él ya habría pasado por esto, y ahora le tocaba a él emprender su destino, solo.
Lolo quiso mirar una vez más hacia atrás, pero no lo hizo.

Mientras salía de aquel lugar no pudo reprimir una lágrima y una mueca a modo de sonrisa, feliz por haber encontrado a su compañero y saber que él también recordaba aquel episodio, por primera vez en muchos años el desdichado enano se irguió y comenzó su nuevo viaje… su último viaje…




Mientras se alejaba, se podían oír las voces de los atentos niños que habían escuchado lo relatado, con tanto entusiasmo que parecía que hubiesen estado en aquella misma lucha.


- Abuelo… esa es una gran historia… eras un hombre importante…- los niños no salían de su asombro- fuiste el libertador… ¡del mundo!
- No fui yo el único, grandes personas fueron los que ganaron esa batalla…
- Abuelo cuéntanos ahora como te hiciste la herida de la pierna…
- ¡Pero bueno! Dije solo una historia.- cambio su rostro a una falsa molestia y rió por dentro. Le gustaba esa curiosidad tan inocente.- Lo haré… pero ni una más.
- ¡Bien!- gritaron todos los pequeños a coro y el mas mayor pregunto con el orgullo e ilusión en los ojos- ¿Dónde te hiciste esa herida abuelo?
- Es una larga historia Filmontis. Érase una vez…


La respuesta a nuestra primera pregunta.
"Layzur ya era el imperio élfico… ¿por siempre?".
Tuvo su respuesta.
"No, no fue para siempre, cayeron bajo el influjo de la libertad…"